Michulina
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La Michulina es tan simpática como aventurera. Es fanática de la ecología, pero a veces, se distrae y comete algún pequeño error, aunque no duda en enmendarlo.

Esta pequeña quería viajar por el espacio, conocer planetas, nuevos amigos, y lo logró con su ingenio y buen humor.

Te invito a que leas el primer relato del libro, en el que se cuenta cómo construyó su poderosa nave espacial y se hizo amiga de las lombrices que accionan el motor, como Úrsula, la lombriz más inteligente del mundo, que siempre le gana al Ta Te Tí.

El primer viaje espacial de la Michulina

Esas vacaciones de invierno parecían ser las más aburridas del mundo, hasta que la mamá de la Michulina le anunció que la había inscripto en el Club de Inventores.

- ¡Iupi! –gritó la Michulina.

Pero el papá le advirtió con mucha seriedad:

- Te vas a portar bien, Michu, y le vas a hacer caso al profesor, ¿sí?

La Michulina estaba dispuesta a prometer lo que fuera necesario para participar del Club, ya que en sus seis años de vida, lo único que había intentado siempre había sido inventar cosas nuevas, aunque sólo había logrado descomponer otras viejas, que funcionaban y eso le había costado muchas penitencias.

        Pero todo salió muy bien. Los quince días de clases fueron muy interesantes, a pesar de que solamente hubo tiempo para aprender a desarmar televisores, computadoras y calculadoras viejas, nada más. Los chicos regresaron a las escuelas satisfechos, creyendo ser inventores muy inteligentes. Pero la Michulina sabía que no era así, que para ser inventor había que inventar algo, no desarmar cacharros que ya no sirven.

Por eso, sin decirle nada a nadie, empezó a imaginar lo que para ella sería el invento más grande: una nave espacial que funcionara con algo que no sirviera para nada.

- A ver… A ver… -pensaba la Michulina tirada en la cama-. ¿Qué puede ser que no sirva para nada y que haga funcionar mi  nave espacial? Hum…

Pensó y pensó durante muchos días, hasta que de pronto, tuvo una idea genial:

- ¡Ya sé! ¡Voy a usar los restos de la comida que mi mamá tira a la basura! ¡Seguro que servirán para algo!

Entonces todos los días, durante muchos, muchos días, se encargó de arrojar las cáscaras de papa, zapallo, batata, banana, manzana, pera y muchas otras frutas y verduras, en un rincón del patio, detrás del galponcito.

Cuando la mamá le preguntó para qué hacía eso, la Michulina le explicó que era un experimento secreto. Pero lo que logró al final de varias semanas, fue que la basura se transformara en una pila de tierra negra, fresca y muy esponjosa.

La Michulina no sabía con exactitud qué esperaba encontrar, quizás una especie de nafta como la que cargaba el papá en su auto, pero decididamente no era eso. “La tierra no va a hacer funcionar mi nave espacial”, se dijo desilusionada.

- ¡Qué bueno! –exclamó la mamá-. ¡Conseguiste humus de lombriz!

- ¿El qué? –preguntó muy extrañada la Michulina.

La mamá le explicó que donde hay lombrices, si se alimentan con los desechos de comidas, producen esa especie de tierra negra, que se llama “humus” y que es muy buena para la tierra y las plantas. “Además –agregó- se reproducen rapidísimo. Seguro que hay miles y miles de lombrices debajo del humus”.

Efectivamente, cuando la Michulina levantó el humus con una palita, miles de lombrices huyeron desesperadas para esconderse de la luz del sol, ya que les hace mucho daño.

A la Michulina entonces se le ocurrió otra idea genial: el motor de su nave espacial funcionaría a base de lombrices.

- Lo único que tengo que hacer –se dijo sola, en su cuarto- es pensar cómo tiene que ser el motor y enseñarles a usarlo. ¡Soy una genia!

 

 Una multa muy extraña

La Michulina construyó la nave en el galponcito, donde sólo se entraba en el verano para buscar las herramientas del jardín.

La carcaza de un viejo lavarropas se transformó en la cabina de la pequeña astronauta. El motor estaba colocado a un costado y cómo lo fabricó fue siempre su gran secreto. Sin embargo, lo que sí se sabe es cómo logró que las lombrices lo hicieran funcionar. La Michulina se dio cuenta que haciéndolas reír, estos animalitos corrían de acá para allá y movían los engranajes.

Cuando tuvo todo listo, colocó en una mochila varios sandwiches, una botella de gaseosa, dos duraznos y se lanzó a la aventura.

- ¡Mamá! ¡Me voy al espacio! –gritó.

La mamá, creyendo que jugaba, le respondió sonriendo:

- ¡Está bien, pero no te ensucies y regresá a tiempo para la merienda!

La Michulina , con gran esfuerzo, sacó su nave espacial del galponcito y se preparó para hacer arrancar el motor. Puso en práctica sus mejores morisquetas y entonces ¡zas! de un tirón la nave de la Michulina ya estaba lanzada al cielo.

- ¿Qué fue ese ruido? –preguntó el papá.

- Nada… Es la Michu que se fue al espacio…

- Ah… -comentó el papá y se quedó tranquilo.

La nave ascendía con mucha rapidez y todo parecía funcionar muy bien.

Las cosas sobre la tierra se fueron haciendo más y más chiquitas. La Michulina estaba loca de alegría. Pronto el planeta parecía un gran globo azul con manchas de muchos colores y la Michulina lamentó no tener consigo una cámara fotográfica para mostrarles esas imágenes tan bonitas a sus compañeros.

Cuando la nave entró en el espacio exterior, la Michulina se preocupó porque creyó que andaba más lenta, pero al dar vuelta la cabeza y observar que el planeta Tierra ya era un puntito, se dio cuenta que mantenía la velocidad, que era muy alta.

Al rato de navegar por el espacio infinito, sintió apetito. “¿Un durazno o un sándwich? ¿Un durazno o un sándwich?”, se preguntaba y al final, ganó el durazno.

La Michulina , después de comer, se dio cuenta de que no había reparado en llevar una bolsa para los residuos, así que abrió la ventanilla de su nave y arrojó al espacio el carozo del durazno. Entonces escuchó una sirena muy chillona. Al instante, una gran nave verde, con luces rojas, se puso a su lado. En su interior, un extraterrestre policía, con casco y gruesos lentes oscuros, le hizo señas de que detuviera su nave.

- ¡Ay, mamita! -exclamó la Michulina , que se asustó mucho, y les ordenó a las lombrices que pararan el motor.

Cuando la nave de la Michulina se detuvo, el extraterrestre salió de su nave y se acercó a la ventanilla. Era un ser muy alto, de cabeza pequeña y manos inmensas. Sus brazos y piernas eran largos y delgados. Parecía de goma, ya que al moverse, todo su cuerpo se estiraba y se encogía.

- Seguro que sos del planeta Tierra…

- ¡Sí! –exclamó contenta la Michulina-. ¿Cómo se dio cuenta?

El extraterrestre, muy serio, respondió:

- Porque todos los humanos son iguales: tiran la basura donde quieren.

La pequeña se dio cuenta de que había cometido un gran error.

- Perdón… Lo que pasa es que…

- ¡No importa qué es lo que pasa! ¡Voy a tener que hacerte una multa!

La Michulina sabía que a las multas había que pagarlas, por lo que le aclaró que no tenía dinero.

- En el espacio no se usa el dinero. Eso es un invento de los humanos. Aquí las multas se pagan de muchas otras formas.

Dicho esto, el extraterrestre policía le ordenó que la siguiera. Los dos encendieron los motores de sus naves y pronto llegaron a un planeta muy chiquito. A medida que se acercaban, la Michulina veía cómo los edificios se iban haciendo más y más grandes. Le llamó la atención el desorden con el que estaban construidos y que algunos estuvieran muy inclinados y hasta fueran retorcidos. “Esos parecen mis trenzas”, pensó mientras estacionaba junto al patrullero espacial.

Al ingresar junto al extraterrestre policía, se sorprendió al descubrir que los edificios estaban construidos con crealina. Cuando estaba a punto de preguntarle al respecto, se dio cuenta que el mismo extraterrestre era de ese material.

Enseguida llegaron a una oficina. Allí otro extraterrestre policía le explicó que si no pagaba la multa quedaría presa.

- ¡Auchi! ¡No! ¡Tengo que regresar a mi casa a merendar! –exclamó la Michulina con preocupación, pero al ver al policía tan serio, preguntó:- ¿En qué consiste la multa?

- Deberás cantarnos una canción de tu planeta.

La Michulina lo miró muy extrañada. ¿Cantando una canción pagaría la multa?

El extraterrestre policía la condujo a una sala donde había un gran micrófono. La puso delante del artefacto y conectó unos parlantes poderosos para que todo el planeta la escuchara. A la Michulina le dio mucha vergüenza, pero no tenía otra opción.

Lo intentó varias veces, pero se le hacía un nudito en la garganta. Entonces pensó que se le haría muy tarde y que sus padres se preocuparían mucho por ella. Juntó coraje y se animó.

Cuando la canción terminó, se escucharon muchísimos aplausos. La Michulina se asomó por la ventana y observó cuán emocionados estaban los habitantes del planeta.

Llorando, los extraterrestres policías la abrazaron felicitándola. El público gritaba:

- ¡Otra, otra!

La Michulina dudaba.

- Por favor –le suplicaron los extraterrestres policías. Entonces la Michulina se armó de coraje y se preparó para cantar otra canción.

La multitud estaba enloquecida de alegría. Los extraterrestres policías la llevaron en andas hasta el exterior de la comisaría espacial y todos la felicitaban y besaban. ¡Fue un éxito increíble!

- Nunca nadie nos regaló canciones tan bonitas… -dijo secando sus lágrimas una extraterrestre con su hijito de crealina en los brazos-. Regresá pronto…

La Michulina prometió volver a visitarlos, quizás en las vacaciones de verano y se preparó para partir. Todavía tenía mucho por recorrer y la hora de la merienda se estaba acercando.

- No olvides esto –dijo uno de los extraterrestres policías alcanzándole una bolsa de residuos de, por supuesto, crealina.

- Gracias –dijo la Michulina y le hizo muchas morisquetas a las lombrices para partir con rapidez.

Después de guardar la nave en el galponcito y colocar a las lombrices en el frasco con tierra húmeda, cubierto con un paño oscuro para que la luz del sol no lastimara a sus amigas, la Michu fue a merendar.

Entró en la cocina cantando muy fuerte, lo que a la mamá le llamó la atención y le gustó mucho.

- ¡Parece que te fue muy bien en tu viaje por el espacio! -dijo.

Entonces la Michu , que tenía mucho apetito, le dijo con la boca llena:

- Mmmmm…. Después te cuento, má…