El sueño del Sabio
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"El sueño del Sabio" fue el primer libro para chicos que edité de manera independiente: en mi casa, con una impresora láser, una trincheta o cutter y una abrochadora de pie. Hice 300 ejemplares de 150 páginas. ¡Pensé que la impresora estallaría en cualquier momento!. Pero no. Hasta me dejó imprimir otros libros un tiempo después...

Las tapas de esa edición fueron de tela. Con mi amigo Oscar Galcerán, las estampamos con varios colores (serigrafía). Quedaron muy originales. Luego hicimos lo mismo con el libro de la araña Rita y con la primera edición de La maldición del chenque.

"El sueño del Sabio" fue reeditado, algunos años después, por un grupo de lectores de la zona de Esquel y El Bolsón, el Grupo de Amigos del Libro Patagónico. Para conocer sobre este movimiento solidario, te sugiero entrar en la página www.temakel.com, en la sección "La argentina invisible". Allí encontrarás una nota muy interesante sobre otro amigo, Edgardo Suárez, y su imprenta en el medio del bosque de Mallín Ahogado, El Bolsón, y un escrito sobre el Grupo. También, una nota que me hizo el responsable de la página, otro buen amigo, Esteban Ierardo, en su primera visita a Esquel, hace un tiempito.

Cuántos amigos alrededor de los libros...

En este momento "El sueño del Sabio" está agotado. Algún día se reeditará otra vez. Si quisieras leer más sobre el Sabio de los Sueños, espero tu inquietud.

El sueño del Sabio

Capítulo I

El Sabio de los Sueños no tiene sueño

El Sabio no podía dormir. Por más que lo intentaba, no podía dormir.

Era raro que el Sabio del Sueño no tuviera sueño. Pero era así: no podía dormir. Daba vueltas en su cama, contaba ovejas, repasaba todos los nombres de toda la gente que conocía -y conocía a mucha, por cierto-, trataba de relajarse, pero todo era inútil.

La cama del Sabio no era una cama común, debo aclarar. Era hexagonal y en cada uno de los seis lados, tenía dos almohadas. Una sábana de verde césped, estaba cubierta por un cubrecamas de nubes rosadas.

El Sabio explicaba con mucha simpleza tamaña excentricidad:

- Es que doy muchas vueltas en la cama y me molesta no encontrar ninguna almohada-, decía.

- Además, cualquier cubrecama, por liviano que sea, es más pesado que una nube, y a mí no me gusta dormir con peso encima. Y ¿qué más lindo que dormir sobre el césped? - agregaba satisfecho y orgulloso por tener la cama más cómoda y original del mundo.

Pero esa noche, el Sabio no podía dormir a pesar de tantas almohadas, el césped y las nubes.

- Esto es el colmo -se dijo para sí-. Que el Sabio del Sueño, el único sabio conocedor de los secretos del sueño y de los sueños de los hombres, no pueda dormir, es el colmo. Es lo mismo que un acróbata no pudiera caminar por el cordón de una vereda. O que un reconocido cocinero de restaurante no fuera capaz de cocinarse una sopa en su casa. ¡Es inaudito!

Y, ciertamente, era algo extraño que quien cada noche se internaba en los sueños de la gente, no pudiera conciliar su propio sueño.

- ¿Me estaré volviendo viejo? - se interrogó ahora divertido, ya que su apariencia no era la de un joven, precisamente.

Nunca antes le había ocurrido algo similar.

De hecho, cada noche a las diez en punto, el Sabio se introducía debajo de su sábana de nube e inmediatamente se sumergía en un profundo sueño que duraba hasta las primeras horas del día siguiente.

Una vez durmió dos días seguidos, pero por una razón muy especial que no viene al caso detallar aquí.

Cuando el Sabio alcanzaba ese estado de relajación completa que hace que todos podamos descansar plenamente, comenzaba lo que él había transformado en un trabajo placentero: internarse en los sueños de las personas que lo requerían o necesitaban.

¿Cómo lo lograba? Ése era precisamente el secreto de su sabiduría.

¿Qué hacía en los sueños de los hombres?

Esta es una historia un poquito larga de contar, pero trataremos de ser lo más breves que podamos.

Primero veamos dónde vivía el Sabio...