Las alas de Oliverio
INTRODUCCIÓN
El recorte periodístico y una anciana
misteriosa
Hace algunos años,
recibí por correo un sobre extraño: no tenía remitente, era color amarillo intenso y en
su interior sólo había un recorte periodístico.
Alguien había cortado con mucha desprolijidad, un artículo en el
que aparecía el título cortado, una fotografía o un dibujo y una pequeña parte de la
nota. El papel estaba amarillento, por lo que deduje se trataría de un recorte muy
antiguo.
Pero lo que más me llamó la atención fue la fotografía o el
dibujo que se hallaba muy borroneado por el paso del tiempo. En ella (o él) se adivinaba
la silueta de un niño con alas, sentado en cuclillas y por delante suyo, líneas gruesas
más desdibujadas aún.
Descifrando el contenido del artículo, supe que efectivamente era un
niño con alas y que las líneas gruesas eran los barrotes de una jaula. El título decía
«Un ángel en la ciudad será pres...» y allí se interrumpía por el corte grosero de
quien había estado interesado en rescatar la noticia.
Leyendo el contenido de la nota, concluí que se trataba de un hecho
que había capturado la atención del periódico y, por lo que decía, de toda una ciudad,
aunque no pude enterarme jamás cuál era. Para colmo, del otro lado del recorte se leía
parte de un aviso publicitario de ropa para hombres.
¿Quién me había enviado la carta y cuáles eran sus intenciones?
Tampoco lo supe.
Desde el momento en que la recibí, me dediqué a investigar en cada
ciudad que visitaba, lo que denominé «el caso del chico con alas». Visitaba los
periódicos más antiguos y las hemerotecas (los archivos de diarios y periódicos)
públicas y privadas, entrevistaba a los pobladores más viejos y, desde que tenemos
acceso a Internet, entraba en todos los sitios posibles para conocer más sobre este
asunto. Pero era inútil: no hallaba información.
Recién el año pasado, cuando me radiqué en Esquel, pude
reconstruir la historia gracias a una señora muy anciana que apareció en mi casa una
tarde de julio, bajo una nevada espesa. Ella dijo que se había enterado que yo estaba
averiguando sobre «el angelito» y que estaba dispuesta a contarme todo lo que sabía.
Así lo hizo durante casi cuatro horas. Al cabo de ese tiempo, un remis la vino a buscar y
se fue tan misteriosamente como había llegado. No quiso decirme cómo conocía ella
tantos detalles de los hechos, ni su nombre ni domicilio.
Nunca más la vi.
Puesto a desgrabar el casete, me encontré con la sorpresa de que no
había registrado nada de la conversación.
No me quedó más remedio que reconstruirla con mi memoria.
Espero ser fiel al relato de la anciana.
Espero rescatar lo mejor posible la historia de Oliverio, el chico
con alas...
Capítulo I
El día
después del cumpleaños
En realidad, a Oliverio no le molestó tanto que le crecieran alas,
como la picazón que éstas le producían al aparecer.
No había terminado de apagar las siete velas de su torta de
cumpleaños, cuando un cosquilleo insistente se instaló en su espalda.
- Debe ser mugre -opinó el papá sin mirarlo, más preocupado en
almorzar que en el bienestar de su hijo.
- Se bañó esta mañana -acotó la mamá desde la cocina donde
preparaba más comida para el hombre de la casa.
Oliverio los miraba con ingenuidad. Toda la noche y toda la mañana
estuvo refregándose en la cama, rascándose en el marco de la puerta, contra la pared, el
roble del patio... Las ojeras le imprimían a su rostro infantil una desdicha inigualable.
Ahora esperaba que la picazón cesara para, por lo menos, poder dormir la siesta y correr
a jugar con sus amigos.
- Comé, querido -le pidió una vez más la mamá con dulzura, pero
Oliverio no podía. La fatiga y la picazón le impedían siquiera levantar sus brazos.
Sólo atinaba a rascarse contra el respaldo de la silla con suavidad, para que su papá no
lo retara nuevamente.
- Si no come, esta tarde no juega -sentenció él con el vaso de vino
en una mano y con el tenedor en la otra.
- Dale, comé aunque sea un poquito -insistió en voz baja su mamá.
Oliverio la miró como pidiendo más comprensión y se llevó a la
boca un pedazo de papa, pero no pudo tragarla. El malestar era superior.
- Báñelo de nuevo y llévelo al médico -ordenó el padre, que
jamás tuteaba a su esposa ni a
Oliverio, levantándose de la mesa:
- Lo único que faltaba... ¡Un hijo sarnoso!
La mamá, acariciándole la espalda, lo acompañó hasta la
habitación.
Corrió las cortinas para oscurecer el ambiente, acomodó al pequeño
en la cama y pasando su mano por la frente le sugirió que descansara, que a las cuatro
irían al médico juntos.
- Pero... ¡Pica! -exclamó angustiado Oliverio.
Ella no dijo nada. Cerró la puerta y continuó con sus quehaceres
abrumada por la situación.
Oliverio dio vueltas en la cama, pero no pudo dormir. Cuando parecía
que se estaba quedando dormido, regresaba ese malestar en la espalda. Eran como pequeñas
agujas que en lugar de doler, picaban.
A las tres y media, la mamá entró en la habitación.
- Vamos, querido. Levantate -le dijo mientras descorría la cortina y
la luz lastimaba la vista de
Oliverio, a quien las ojeras se le habían acentuado en ese par de
horas.
La madre lo ayudó a levantarse y lo llevó al baño. Después de que
se quitara la ropa, lo giró para observar la espalda, ansiosa por hallar la causa de
tamaña molestia.
Ahogó un grito de horror, que Oliverio advirtió, pero el pequeño
no se atrevió a preguntar nada.
Percibió que algo grave estaba ocurriendo y la angustia le cortó
por un instante la respiración.
- ¡Dale, vestite rápido! -le ordenó sin más y juntos partieron
presurosos al médico.
Mientras iban por la calle, Oliverio vio a algunos de sus amigos que
lo aguardaban como siempre en la esquina, para jugar.
Los chicos miraron extrañados el rostro desencajado de la madre y el
estado lamentable de Oliverio. Ni siquiera lo saludaron con la mano.
Oliverio era arrastrado por su madre rumbo al consultorio.
Iba llevado casi en vilo hacia una verdad tan extraña como
incomprensible: el único médico del pueblito, un hombre de unos ochenta años, famoso
por sus diagnósticos certeros, no dudó en señalar con voz grave:
- A este chico le están saliendo alas.
La mamá se desmayó al instante. El médico llamó a su secretaria
para que la reanimara y palmeando la espalda del niño, a la altura de las incipientes
alas, le dijo con una sonrisa:
- Esto no es nada, hijo... Conocí a un hombre al que le salieron
unos terribles cuernos de ciervo.
Y vivió veinte años más que yo...
Oliverio giró su rostro buscando aunque sea una palabra de aliento
de su madre, pero se encontró con la cara de la secretaria que lo miraba casi con asco.
«Tengo un problema», pensó Oliverio y se sentó a esperar que su
mamá volviera en sí para que le rasque la espalda en casa, mientras sirviera la
merienda. Ahora, aparte de la picazón, tenía mucho apetito... |