Oliverio y la profecía
Home Up Biografía Actividades Cómo comprar Acuarelas Poesía Contacto Fotos

 

"Oliverio y la profecía" es la continuación de "Las alas de Oliverio".

Me divertí mucho escribiendo esta historia, aunque todo el tiempo estuve diciendo, como los lectores: "pobre Oliverio".

Es que le suceden tantas aventuras y situaciones insólitas, que uno  no puede menos que solidarizarse con ese muchachito de siete años al que le salieron alas...

Oliverio y la profecía

Capítulo I

La caverna

Cuando el sol se escondía detrás de las montañas; en el instante en el que las nubes se transformaban en una mágica combinación de colores que variaban del púrpura al rojo pálido, Oliverio descendió sobre la cumbre de uno de los picos altos de la cordillera sur, rodeado por las palomas que según creía él, lo orientaban en su regreso a casa.

El pequeño estaba agotado. Cuando sus pies tocaron la piedra helada, dejó caer las alas, tratando de recuperar la respiración. Había volado muchas horas desde que Kino, el enano, lo había liberado del gitano, en el circo al aire libre.

Oliverio estaba mareado y no era por la altura, a la que se había acostumbrado rápidamente, sino por la fatiga que además le nublaba la vista. Necesitó varios minutos para reponerse.

Las palomas lo rodeaban sin mirarlo. Algunas limpiaban su plumaje. Otras se bamboleaban de aquí para allá.

Los manchones de hielo que brillaban con los últimos rayos del sol le advertían que buscara un refugio para pasar la noche, porque de otro modo moriría de frío.

Afortunadamente, la montaña elegida por la paloma multicolor, aquella que tanto le había llamado la atención en el circo, era accesible. El muchacho podría descender con facilidad. Cuando recuperó el aliento, los recuerdos de sus padres apretaron su corazón y las lágrimas se asomaron a sus ojos.

La paloma multicolor comenzó a revolotear indicándole que debía descender para protegerse del frío nocturno.

Oliverio comprendió el mensaje y tanto él como el resto de la bandada, la siguieron con mucho cuidado entre las rocas peladas. No sabía dónde estaba ni lo que restaba por volar hasta llegar a su pueblo.

Casi en penumbras, el niño con alas se detuvo frente a la entrada de una caverna que parecía muy profunda.

- ¿Y si es la garganta de la montaña y me traga? –pensó preocupado, pero no tenía tiempo para darle rienda suelta a su imaginación. Debía buscar un sitio cómodo para pasar la noche.

Las palomas ingresaron con él a la caverna. Oliverio se cubrió todo lo que pudo con sus alas, rodeado por las aves que trataban de darle calor.

Desde la entrada, podían observarse los picos de muchas otras montañas, recortadas en el cielo de la noche que se abría clara. Más abajo, se adivinaba la espesura del bosque que ahora era una gran mancha negra, desde donde llegaban, débiles, los sonidos de algunos animales.

La luna llena comenzó a aparecer frente a sus ojos, y el niño recordó entonces que desde la ventana de su cuarto podía verla inundando el pueblito con su luz pálida, casi tímida.

Deseando estar sentado a la mesa junto a su madre y su padre, Oliverio lentamente fue entrando en un sueño profundo, acunado por el sonido de las palomas, que arrullaban con mansedumbre.

Cuando el pequeño quedó completamente dormido, en un claro del bosque se encendió una luz tenue que, vista desde la entrada de la caverna, parecía más bien una chispa.

Era la fogata que todas las noches de luna llena encendían Las Viejas, como las llamaban en el pueblo a Bernarda y Cándida, las adivinas del lugar.