Oliverio y la profecía
Capítulo
I
La caverna
Cuando el sol se escondía detrás de las montañas; en el instante en el
que las nubes se transformaban en una mágica combinación de colores que variaban del
púrpura al rojo pálido, Oliverio descendió sobre la cumbre de uno de los picos altos de
la cordillera sur, rodeado por las palomas que según creía él, lo orientaban en su
regreso a casa.
El pequeño estaba agotado. Cuando sus pies tocaron la piedra helada,
dejó caer las alas, tratando de recuperar la respiración. Había volado muchas horas
desde que Kino, el enano, lo había liberado del gitano, en el circo al aire libre.
Oliverio estaba mareado y no era por la altura, a la que se había
acostumbrado rápidamente, sino por la fatiga que además le nublaba la vista. Necesitó
varios minutos para reponerse.
Las palomas lo rodeaban sin mirarlo. Algunas limpiaban su plumaje. Otras
se bamboleaban de aquí para allá.
Los manchones de hielo que brillaban con los últimos rayos del sol le
advertían que buscara un refugio para pasar la noche, porque de otro modo moriría de
frío.
Afortunadamente, la montaña elegida por la paloma multicolor, aquella que
tanto le había llamado la atención en el circo, era accesible. El muchacho podría
descender con facilidad. Cuando recuperó el aliento, los recuerdos de sus padres
apretaron su corazón y las lágrimas se asomaron a sus ojos.
La paloma multicolor comenzó a revolotear indicándole que debía
descender para protegerse del frío nocturno.
Oliverio comprendió el mensaje y tanto él como el resto de la bandada,
la siguieron con mucho cuidado entre las rocas peladas. No sabía dónde estaba ni lo que
restaba por volar hasta llegar a su pueblo.
Casi en penumbras, el niño con alas se detuvo frente a la entrada de una
caverna que parecía muy profunda.
- ¿Y si es la garganta de la montaña y me traga? pensó
preocupado, pero no tenía tiempo para darle rienda suelta a su imaginación. Debía
buscar un sitio cómodo para pasar la noche.
Las palomas ingresaron con él a la caverna. Oliverio se cubrió todo lo
que pudo con sus alas, rodeado por las aves que trataban de darle calor.
Desde la entrada, podían observarse los picos de muchas otras montañas,
recortadas en el cielo de la noche que se abría clara. Más abajo, se adivinaba la
espesura del bosque que ahora era una gran mancha negra, desde donde llegaban, débiles,
los sonidos de algunos animales.
La luna llena comenzó a aparecer frente a sus ojos, y el niño recordó
entonces que desde la ventana de su cuarto podía verla inundando el pueblito con su luz
pálida, casi tímida.
Deseando estar sentado a la mesa junto a su madre y su padre, Oliverio
lentamente fue entrando en un sueño profundo, acunado por el sonido de las palomas, que
arrullaban con mansedumbre.
Cuando el pequeño quedó completamente dormido, en un claro del bosque se
encendió una luz tenue que, vista desde la entrada de la caverna, parecía más bien una
chispa.