Unos
pocos conocen una historia tan terrible como la que voy a relatar. Y
ninguno de ellos se anima a contarla.
Yo
la conocí por un vecino que tuvo un accidente con su auto. Un accidente
menor, pero que le sirvió para ser el espectador de uno de los hechos
sobrenaturales más terroríficos que ocurren en las noches de luna llena
en el puente del río Percy, camino al lago Futalaufquen.
Mi
vecino cruzó el puente con su auto cerca de la medianoche, en el verano
del 2000. Iba a un camping del Parque Nacional, donde lo esperaban
familiares y amigos. Era un viernes. El hombre tenía un comercio en
Esquel y todos los veranos se reunía con su familia en un camping los
fines de semana, hasta que a fines de enero se tomaba las vacaciones y
compartía con ellos quince días de aire puro, sol y agua.
Ese
viernes se disponía a instalarse junto a su esposa y sus hijos para
disfrutar de un merecido descanso, cuando al llegar a una de las curvas,
la más alta, desde la que se puede ver el amplio valle y el curso del río,
se reventó una de las cubiertas de su auto. El pobre hombre casi pierde
el control del vehículo y se desbarranca, pero afortunadamente sólo fue
un susto. Cuando se tranquilizó, bajó del auto para cambiar la rueda,
pero antes se paró junto al borde del precipicio imaginando lo que por
suerte no ocurrió, porque si hubiera caído al vacío, se hubiera matado.
Mientras
estaba cambiando la rueda, creyó oír gritos desesperados provenientes
del valle. Dejó su tarea y entrecerró los ojos para ver mejor desde el
borde del precipicio, pero no observó nada en particular, aunque la luz
de la luna llena iluminaba el valle completo. “Debió ser mi imaginación”,
se dijo mi vecino y continuó arreglando el auto. Pero los gritos se
transformaron en alaridos y esta vez no le quedaron dudas. No era su
imaginación. Los gritos desesperados eran reales. Volvió a observar en
dirección al valle y su respiración se detuvo un instante cuando vio que
desde la luna llena, bajaba un potente rayo de luz directamente al puente
del río Percy, iluminando la figura de un hombre que agitaba sus brazos
con violencia.
Parecía
que el rayo de luna lo levantaba en el aire. Los alaridos retumbaban en
todo el valle provocando en mi vecino un terror paralizante. El sujeto del
puente se elevaba cada vez más hasta que el rayo se apagó. Entonces
escuchó el lamento de ese sujeto que caía al río y el ruido que hizo al
impactar contra el agua y las piedras, que fue ensordecedor, porque parecía
que no era un hombre el que impactaba sobre ellas, sino una roca.
Un
llanto de bebé comenzó a escucharse desde algún lugar. Luego se produjo
un silencio mortal. El pobre comerciante, temblando de pánico, terminó
de cambiar la rueda y huyó del sitio velozmente. Cuando llegó a la
entrada del Parque, golpeó a la puerta de uno de los guardaparques, a
quien le contó lo sucedido. El hombre, en lugar de sorprenderse, sólo le
comentó que no se preocupara, que se trataba del “fantasma del río
Percy”, pero que no podía darle más detalles porque nadie se animaba a
contar la historia.
Yo
la conozco. Yo conozco la historia del fantasma. Después de muchas
averiguaciones logré que me la relatara el último testigo que vivió en
carne propia los desgraciados hechos que convirtieron a James Arthur
Person en el fantasma más desgraciado del Valle 16 de Octubre.
Cuando
llegó a la Patagonia, James Arthur Person creyó que la leyenda de Butch
Cassidy y sus cómplices, sería un cuento de niños al lado de los robos
que él podría cometer. Al igual que esos bandidos, Person venía
escapando de la justicia de su país, Inglaterra.
Inmediatamente
comenzó su carrera de robos en la provincia de Río Negro y desde allí
fue bajando hasta la del Chubut.
Person
era un hombre desalmado. No tenía consideración con nadie. Y robaba
tanto a los grandes comerciantes o hacendados, como al más humilde
trabajador. Con sus víctimas, era muy cruel y en la mayoría de los
casos, las asesinaba.
Era
tan malvado, que hasta los delincuentes más inhumanos rechazaban unirse a
él, por lo que andaba solo por ciudades y montañas cometiendo sus crímenes.
El sólo mencionar su nombre, hacía que todos los pobladores comenzaran a
temblar, y las autoridades no podían capturarlo, porque según se
contaba, Person tenía un pacto con el Diablo. Algunos aseguraban que era
capaz de esquivar las balas. Otros, que había sido baleado muchas veces,
pero que los proyectiles no le hacían nada y que con su caballo volaba
por los aires. No sólo los pobladores creían esos dichos. Parecía que
el mismo Person estaba convencido de ello, porque no dudaba en enfrentar a
cualquiera que intentara balearse con él, escapando luego riendo a
carcajadas…
Lo
real era que este delincuente sembraba terror por donde pasaba y fue
necesario que las autoridades policiales de la provincia crearan un cuerpo
especial de policías para capturarlo.
Cuatro
hombres fueron elegidos entre los más valientes, fuertes y astutos. Esos
cuatro hombres se destacaban por su heroísmo e inteligencia. Durante
varias semanas se entrenaron especialmente para que Person no los
sorprendiera con alguna de sus tretas, ya que el forajido era muy hábil
en sus huidas, y no había obstáculos que le impidieran escapar de sus
perseguidores.
Estos
hombres no creían en el cuento de que Person tuviera un pacto con el
Diablo. Estaban seguros de capturarlo en cuanto lo tuvieran a mano y sin
dudarlo, se dirigieron a Esquel donde decían que estaba escondido. Más
precisamente, en un cañadón cercano al puente del río Percy.
Durante
varias noches, los hombres se apostaron en las cercanías del puente para
aprehender al asesino. Pacientemente esperaron a pesar del frío. A pesar
de la oscuridad. Una luna llena apareció imponente detrás del cerro
Nahuelpán la última noche. Su luz comenzó a iluminar la vasta zona
facilitando así el trabajo de observación de los policías, que presentían
que ésa sería la última en esperar al delincuente. Y en efecto, uno de
los guardias hizo señas con su linterna a sus compañeros de que se
aproximaba un jinete. La forma endemoniada de cabalgar era característica
de Person.
Los
policías se prepararon para la emboscada. El jinete se aproximaba a gran
velocidad, iluminado por la luz de la luna.
Al
llegar al puente, Person se detuvo bruscamente. Miró a su alrededor como
si supiera que lo estaban observando. Bajó de su caballo y cuando estaba
a punto de desenfundar su rifle, escuchó la voz del jefe del grupo que le
ordenaba rendirse. El bandido desenfundó igual su arma y escondiéndose
detrás de una gran roca, junto al animal, les dijo que nunca se iba a
rendir y que si intentaban algo, antes asesinaría al niño que llevaba de
rehén.
Los
policías dijeron no creerle, por lo que Person se acercó con cautela a
su caballo y desató un pequeño bulto. Un niño comenzó a llorar
desesperadamente. El delincuente dejó a un lado el rifle y en su lugar
tomó uno de sus revólveres, con el que apuntó a la cabeza del niño.
Los policías le ordenaron otra vez entregarse, y aunque Person sabía que
estaba rodeado, no estaba dispuesto a ello. “Sé que me ahorcarán si me
entrego”, les gritó. El jefe de los policías le respondió que de
todas maneras moriría. Person disparó su arma hacia donde venía la voz,
pero no sabía con exactitud dónde estaban los policías. Empezó a
desesperarse y a amenazar con matar al niño si no se retiraban, pero el
jefe le aseguró que de allí se irían con él, vivo o muerto.
“No
me importan sus amenazas”, dijo Person enloquecido de furia. “Soy
invencible, soy inmortal”, gritaba mientras su arma se apoyaba
amenazante en la cabeza del niño que continuaba llorando desconsolado.
Cuando el policía le dijo que era el último aviso para rendirse, Person
anunció que dispararía su revólver. Y efectivamente, estaba decidido a
hacerlo. La luna iluminaba ahora con más fuerza, y el bandido se dio
cuenta entonces que ella había sido la entregadora. No tenía dónde huir
sin ser visto. Como si fuera un reflector gigante, la luna alumbraba todo
el lugar y Person la odió más que a cualquier cosa en el mundo. La furia
que sintió entonces hacia ella, hizo que disparara su revólver al aire,
en un intento inútil por apagarla.
Fue
entonces cuando para sorpresa de todos, la luna dejó caer un rayo potente
sobre el criminal, quien perdió el equilibrio y cayó al suelo. La
criatura rodó a unos centímetros de él y no lloró más.
El
rayo de luna seguía iluminando el cuerpo del delincuente que continuó
disparando al aire, en un intento desesperado por matar esa fuente de luz
que lo enceguecía.
Ante
el asombro de los policías, Person comenzó a ser elevado por el rayo de
luna a decenas de metros del puente. Gritaba con furia y retorcía su
cuerpo como queriendo desprenderse de ese haz de luz que lo sujetaba.
Cuando estuvo a más de cien metros de altura, el rayo de luz se cortó y
el bandido cayó en el río Percy, siendo arrastrado por las aguas.
Los
policías bajaron de inmediato para recoger al niño, pero cuando llegaron
al lugar, lo único que hallaron fue un bulto con dinero que había robado
horas atrás el delincuente. Los cuatro policías no comprendieron
entonces de dónde había venido el llanto de la criatura.
De
nada sirvieron los trabajos de las patrullas que durante varias semanas
buscaron el cuerpo sin vida de Person. Nunca más apareció.
La
historia del bandido fue tan cruel, que nadie quiso recordarla. Y la forma
en que terminó su carrera criminal, fue tan sorprendente, que nadie la
creyó.
“Yo
escuché el llanto del niño”, me dijo varias veces el anciano que me
contó la historia. “Mis hombres y yo lo escuchamos, señor, lo puedo
jurar. Nunca pudimos averiguar a quién le había robado esa noche. Si el
niño existió o fue un truco del Diablo. Pero yo escuché y vi todo, tal
como lo cuento”, aseguró el viejo jefe de los policías hasta el final
de sus días.